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MUJERES DEL RISCO (Jaime Quesada Martín)
Se llamaba Margarita no recuerdo el apellido
que tampoco es importante para afirmar lo que digo
pues como ella otras mujeres, también subían aquel risco.
La barqueta en la cabeza,
los pies haciendo equilibrio
y cien pesetas en cambio
en uno de los bolsillos
para vender el pescado por veredas y caminos.
Desde Guinate hasta Haría
pregona con regocijo:
“Jareas de La Graciosa, pejines, sargos, seifíos”.
En el patio de Gregoria la mujer deja dos kilos.
Vuelve a subirse su carga mientras regala un suspiro
y sigue vereda abajo haciendo su recorrido.
La barqueta ahora está llena: papas y gofio de trigo
y en una saca de tela lleva también un lebrillo.
Vuelve despacio a Guinate y allí en el mismo sitio,
se concentran más mujeres que también habían subido.
Tienen las ceretas llenas: batatas, queso, chorizo.
Piezas de dril y mahón y algunos novelos de hilo
para hacerles marineras a sus hombres y a sus hijos.
¡Qué lejos está la mar desde el alto precipicio!
Y comienzan el descenso poniendo cinco sentidos
en las piedras y cascajos, que puedan ser un peligro.
Cuando a veces la vereda invita a un breve respiro,
ponen la carga en el suelo y con la vista en el Río,
pañuelo en mano hacen señas avisando a los barquillos
que acercarán a la playa las caricias del alisio.
Ser escultura quisiera cada piedra de este risco
de una mujer graciosera
por su esfuerzo y sacrificio.
PARA UNA BARRICA QUE FUE (Jaime Quesada Martín)
De padre noble nació
allá, en la extensa dehesa
donde hacha afilada, avisa,
su hermoso tronco cortó.
Diestra sierra dibujó
con sus dientes y sus muelas
las tablas que hiciera duelas
un maestro tonelero
acariciando, certero,
el roble con sus azuelas.
Escuchó a un viejo castaño
que su madera de roble
para el hombre era muy noble
y sintió un dolor, extraño.
Un cuervo, negro y huraño,
que puso su nido en él
le barruntó que un tonel
su tronco joven sería
para albergar malvasía,
blanco, tinto o moscatel.
En su oronda cavidad
reposaron silenciosos
los caldos más prestigiosos
en solera y calidad,
los que hacen que la verdad
aflore sin dilación
cuando la conversación
por el vino es presidida:
un buen vino no es bebida;
es, de dioses, bendición.
Vendimias extraordinarias
mejoró su buen oficio
con esfuerzo y sacrificio
sirviendo en bodegas varias.
Un día llegó a Canarias
y aquí, cerca del volcán,
conoció diego, listán,
y el selecto malvasía
del que envidia su alegría
hasta el famoso champán.
Hoy, ya viejo y carcomido;
oxidado, roto, feo;
quizás pieza de museo
se muere sin hacer ruido.
Aquel tonel que había sido
la cuna de tantos vinos,
en un cruce de caminos
sintiéndose abandonado,
deja el aire perfumado
con aromas de taninos.

Hecho con por Juan Ligero Fleitas, usando una plantilla de Colorlib